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miércoles, 11 de mayo de 2016

A Dios rogando...

San Mamerto de Vienne, obispo. 11 de mayo.

De la infancia y juventud de San Mamerto nada puede decirse, pues nada se sabe. Se le supone presbítero junto a su hermano Claudiano en Vienne a mediados del siglo V. Sería un presbítero santo y amado pues fue elegido por todos para ser obispo de la ciudad en 401.

Lo primero que se conoce de su pastoreo es una polémica con el papa San León Magno (10 de noviembre), debido a la reestructuración que hizo este de los territorios eclesiásticos en la Galia, luego de las invasiones de los hunos y godos y la nueva configuración de los reinos francos. Ocurrió que Mamerto ordenó de obispo de Die a San Marcelo (17 de enero), hecho ante el cual protestó San Leoncio de Arlés (1 de diciembre), pues en su categoría de arzobispo, Vienne era una sede sufragánea y Mamerto no debía ordenar por su cuenta. Mamerto protestó, pero finalmente obedeció cuando el papa le recriminó su actitud, confirmando la supremacía de la sede de Arlés sobre Vienne. Zanjado este asunto, Hilario comisionó a Mamerto para que fuera al sínodo de Arlés a refutar a algunos obispos que predicaban la herejía de que Cristo solo habría muerto en beneficio de los elegidos, y no por todos los seres humanos. Mamerto condenó aquel error y logró la renuncia, por parte de los errados, a semejante herejía. También realizó San Mamerto la invención y traslación de las reliquias de San Julián de Brioude (28 de agosto) y San Ferreol (18 de septiembre), santos para los que edificó una iglesia en Vienne, aunque lo mismo se dice de San Germán de Auxerre (31 de julio).

Pero por lo que ha pasado San Mamerto a la historia (a pesar de su desafortunado nombre) es por su intervención bendecida por Dios en las catástrofes que asolaron su ciudad. Invasiones, terremotos y varios incendios. Incluso la leyenda cuenta que las bestias bajaron de los montes y devoraban a los habitantes de la ciudad. Los cristianos, creyéndose merecedores de lo que veían como castigo divino, vivieron la cuaresma del año 470 con gran austeridad y penitencia, dando muestras de arrepentimiento. El Domingo de Pascua esperaban hallar misericordia de Dios cuando estando en la Santa Vigilia Pascual, se incendió la Casa Consistorial y otras edificaciones anexas a la catedral. Abandonó el pueblo el templo y la ciudad, clamando a Dios desesperadamente. Todos, menos el santo obispo, que quedó en la iglesia postrado ante el altar, para implorar a Dios misericordia sí o sí. Y la alcanzó, pues el fuego remitió sin que nada se hubiera hecho. Regresó el pueblo y continuó el gozoso Oficio de Pascua.

Luego de esto, Mamerto instruyó al pueblo sobre como la continua oración, la penitencia y el sacrificio eran los medios para alcanzar misericordia de Dios en las desgracias, y ordenó que al final de la Pascua, los tres días que precedían al Jueves de Ascensión, serían de públicas rogativas, acompañadas de ayunos y penitencias, haciendo estación en algunas iglesias de la ciudad. Llegado el lunes posterior al V Domingo de Pascua, la ciudad entera acudió a aquel nuevo rito que no imaginaban llegaría a ser preceptivo para la Iglesia Universal. La primera redacción de las rúbricas y textos litúrgicos a usar se debe a San Avito (5 de febrero), sucesor de Mamerto. El Concilio de Orleans, en 511 ordenó que las rogativas que se hacían en Vienne se comenzasen a hacer en toda Francia. En España comenzaron a celebrarse en el siglo VII y pronto se extendieron. San León III las introdujo en Roma en el siglo VIII, si bien cambió el ayuno por solo abstinencia, debido a que se realizan en pleno júbilo pascual. Con todo, no hay que pensar en que procesionar penitencialmente haya sido un invento de San Mamerto, pues hay testimonios de las celebradas por la Iglesia de Oriente al menos desde el siglo IV. En la Iglesia romana fueron eliminadas estas rogativas en la Reforma litúrgica del Vaticano II.

Finalmente, después de gobernar su iglesia como un celoso pastor, Mamerto entró en el cielo aproximadamente en el año 447. Su cuerpo fue sepultado primeramente en la iglesia de los Santos Apóstoles a las afueras de Vienne, desde donde se trasladaron en el siglo XII a la basílica de la Santa Cruz, Orleans. En 1562 fueron  profanadas  por los herejes, que  quemaron la cabeza y huesos del Santo, que estaban en diferentes arcas, y dispersaron con odio sus cenizas. Es abogado de las madres lactantes, debido a que su nombre evoca la palabra latina "madre" Además, se invoca su intercesión ante los peligros del fuego, la sequía y las fiebres, y contra las enfermedades intestinales.

En Europa del Norte, forma parte junto a San Pancracio (12 de mayo), San Servacio de Maastricht (13 de mayo), San Bonifacio mártir (14 de mayo) y Santa Sofía (15 de mayo), a los llamados “santos de hielo”; ya que los días de mediados de mayo tienden a ser excepcionalmente fríos para la época del año.


Fuentes:
-“La Leyenda de Oro para cada día del año”. Volumen 4. RP. JEAN CROISSET. Madrid, 1853.
-“Año cristiano o Ejercicios devotos para todos los días del año. Mayo. RP. JEAN CROISSET. Barcelona, 1862.

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